¿Democracia participativa o representativa?

Un debate candente últimamente, sobre todo desde la aparición de Podemos, es el debate entre democracia representativa y democracia participativa. El discurso de Podemos es claramente favorable a esta última, aunque esté bastante distorsionado, identificando la democracia representativa con una especie de sistema opresivo, casi per se.

Hace no demasiado tiempo, cuando formaba parte de DRY defendía con bastante ahínco una democracia más participativa. Después del 15m tenía bastante claro que aquello no era lo que me imaginaba. Es cierto que las asambleas del 15m tenían bastantes defectos porque había poca gente que tuviese experiencia asamblearia, y cuando finalmente comenzaron a influír en la organización de las mismas, también motivaron un cambio del discurso a uno mucho menos inclusivo, de forma que bajó la participación.

A día de hoy estoy empezando a acudir otra vez a algunas asambleas de otros movimientos. Están mejor organizadas aunque bueno, quizá es pronto para sacar conclusiones. De cualquier forma, y para que nadie se lleve a engaño, actualmente me encuentro en algún punto intermedio entre estos dos modelos, aún por definir la tendencia.

En definitiva, para ejemplificar este debate entre la democracia representativa y participativa usaré dos textos que usamos en primero de carrera, uno que podéis consultar aquí, de Benjamin Barber, y otro de Giovanni Sartori aqui, un clásico para politólogos.

Según Barber, las grandes democracias occidentales tienden a un modelo donde encontramos líderes y partidos muy fuertes, en donde gravita el sistema y que convierte a los ciudadanos en elementos puramente accesorios.

En un modelo así, el sistema puede entrar en crisis cuando no hay líderes o instituciones fuertes, y en este contexto la sociedad tiende a buscar con urgencia otros líderes que puedan sustituír a los anteriores, en lugar de dirigirse a las estructuras de participación existentes que permitan hacerse con el control del sistema. La sociedad se exonera así de su responsabilidad.

Las propuestas de Barber para solucionar esta falta de participación, que él entiende como un problema, son las siguientes:

1) Un sistema nacional de asambleas de barrio, con un máximo de 5000 personas por asamblea, y con periodicidad semanal. En dichas asambleas se discutiría y votaría sobre temas locales y regionales. Además, estas asambleas estarían conectadas entre sí a fin de fortalecer el debate lateral. Este debate lateral ayudaría a reducir la importancia de los grandes líderes y centros de poder, ya que desplazaría el debate hacia un ámbito más regional.

A falta de mayor definición la idea parece buena. El límite parece un poco arbitrario, y de hecho me parece complicado que una asamblea de 5000 personas se pueda organizar en un barrio. Ya es complicado cuando hay unos pocos cientos, con tantas personas puede ser una locura.

2) Crear una cooperativa de comunicaciones que regularía los usos de las tecnologías para las comunicaciones y distribuiría información gratuíta a la ciudadanía a través de un servicio de videotex.

Evidentemente este punto está anticuado. Realmente no sería necesario ningún organismo mediador en la era de internet para que los ciudadanos accediesen fácilmente a la información. Las asambleas podrían difundir perfectamente su información por Internet. Podría estructurarse de muchos modos, aunque en mi opinión un foro en Internet de carácter nacional, sería la mejor idea. Gestionado por alguna entidad soportada por las propias asambleas sería mejor idea que gestionado por el estado. Ya sabes, por lo que pueda ocurrir. Bajo coste, efectivo, y con la posibilidad de generar debates en línea, que además son fácilmente indexables.

También, aunque en otro sentido, rescataría la idea de usar cooperativas. No una, sino varias cooperativas de comunicación. El motivo es que creo que podría ser interesante introducir cooperativas de comunicación como competencia a las sociedades mercantiles, ya que es más difícil que estas cooperativas acaben funcionando bajo el dictado de una directiva a junta de accionistas, que suelen tener intereses poco o nada alineados con los trabajadores.

No soy tan ingenuo de creer, como Pablo Iglesias, que las cooperativas serían la panacea. Son una forma más horizontal de organización empresarial, y por tanto ofrecen más incentivos para mejorar las condiciones de los trabajadores (periodistas en este caso), de modo que eso, podría, quizá, redundar en una mayor calidad informativa. Ya sabes, no trabajar por un cuenco de arroz, debatir sobre la mejor forma de organizarse (algo que tiene mucho impacto en cómo se trabaja en una oficina), qué nivel de corresponsales mantenemos, qué nos resulta interesante y qué no…

Sin embargo, el hecho de que sean cooperativas no implica necesariamente que esto tenga que pasar. Las cooperativas no dejan de ser empresas. Necesitarán ingresos para poder mantener el periódico a flote, de tal modo que pueden verse presionados por intereses económicos igual que una sociedad mercantil. La única garantía es que no tendremos un Cebrián que parasite el presupuesto del periódico.

Si alguien está familiarizado con el mundo de las cooperativas vascas también sabe que, a veces, los estatutos no ofrecen suficientes garantías. O que se dan procesos de lucha de poder internos, donde el espíritu original de la cooperativa se pierde. Esto pasa, sobre todo, cuando las cooperativas empiezan a crecer mucho, y resulta muy complicado manejarlas como tal, de modo que las jerarquías se acaban imponiendo por necesidad. Afortunadamente, un periódico, sobre todo si es digital, no necesita, en principio, una plantilla demasiado grande. Si se expande mucho el negocio la cosa se puede complicar, eso sí.

Digamos entonces que es, simplemente, un mejor punto de partida. Ofrece mejores garantías tanto para el consumidor como para el lector.

3) Elección por sorteo de puestos locales y regionales, y en un número limitado de gente para asambleas nacionales a fin de que cualquiera sirviese en la función pública y la distancia entre líderes y seguidores se reduzca.

El problema de este punto es que entendemos que en democracia la legitimidad nace del consentimiento. Uno de los puntos que propone Robert Dahl en su propuesta del término poliarquía como alternativa al de democracia es que los cargos públicos han de ser elegidos, y deben poder ejercer sus poderes constitucionales sin interferencia u oposición invalidante por parte de otros cargos no elegidos.

Entiendo que Robert Dahl habla de democracia (o poliarquía) representativa, pero en cualquier caso el asunto de las asambleas parece manejable. Sin embargo escoger cargos por sorteo es una forma bastante directa de atacar este principio, por no mencionar que me siento poco invitado a pensar que realmente fuese a ser algo demasiado práctico.

Aunque no tengo estadísticas sobre esto, me atrevería a decir que la mayoría de la gente se siente fastidiada cuando es elegida para ocupar un puesto en una mesa electoral. Ahora imaginemos qué pasaría si obligasen a alguien a estar, pongamos seis meses, dedicado a una actividad que ni tiene por qué gustarle, ni sentirse o estar capacitado, o incluso que puede odiar. Es más, se le obliga a realizar una actividad que perfectamente le puede suponer un coste de oportunidad importante.

¿Qué sentiría un empresario si le tocase? Aunque mucha gente tiene una idea idílica de lo que resulta ser empresario, lo cierto es que muchos de ellos trabajan muchas horas. Estaría obligado a detraer una parte importante del tiempo que dedica a su negocio, algo que podría ponerlo en riesgo, si se trata de una PYME por ejemplo.

O podría también suponer un coste de oportunidad en actividades mucho más banales, poco justificables delante de un tribunal, pero importantes a nivel personal.

En definitiva, aunque podría aportar más argumentos, con esto me basta para decir que no creo que fuese muy útil para el objetivo que se marca Barber. Si realmente uno quiere que la ciudadanía se implique y perciba con mayor cercanía los procesos propios de una democracia participativa, es suficiente con el primer y siguiente punto de esta lista.

De ser una elección de corta duración carecería de sentido con los puntos mencionados, y de ser de larga duración el coste de oportunidad sería demasiado alto para los individuos escogidos, y probablemente generaría el efecto contrario.

4) Sistemas de voluntariado local para reforzar la cohesión entre los vecinos, implicando a los ciudadanos en los cometidos de la democracia y el bienestar de sus propios barrios.

5) Un programa de servicio ciudadano universal con opción a un servicio militar. Este programa ayudaría a los participantes a interiorizar la relación entre derechos y obligaciones, les acercaría a la participación y responsabilidad más allá del voto.

Estos dos últimos puntos son bastante semejantes, y bastante más útiles a mi juicio que la elección por sorteo, en el caso del punto cinco. El primero de ellos es un programa que permite a ciudadanos de todas las edades implicarse en el desarrollo de su comunidad, y el segundo podría ser una suerte de mili, de forma que al afectar solo a jóvenes el impacto del coste de oportunidad sería mucho menor.

Sartori, por otro lado, plantea las siguientes objeciones:

La democracia representativa le exige poco al ciudadano. Es perfectamente capaz de operar aunque una parte muy importante del electorado sea analfabeto o tenga un nivel educativo muy bajo (el caso de la India), sea incompetente o esté muy mal informado. En condiciones semejantes una democracia participativa resultaría autodestructiva, ya que los decisores serían ignorantes sobre las cuestiones que deciden.

Hay quien argumenta que hoy en día los ciudadanos están más informados que nunca y que esto les permite capacitarse para este tipo de decisiones. Sin embargo este punto de vista es bastante discutible. Por un lado, aunque el abuelete Zygmunt Bauman se diese cuenta recientemente de que el exceso de información no está contribuyendo demasiado a los ciudadanos estén más informados, lo cierto es que esta no es una tesis nueva. Como dice Umberto Eco, Internet no filtra la información y es curioso, porque más tarde Barber, que durante mucho también habló sobre las bondades de Internet para con las nuevas formas de organización política, rectifica en gran medida.

… su única respuesta es que si una persona está capacitada para elegir a su representante, del mismo modo lo estará para decidir sobre las cuestiones. ¿Del mismo modo? Estupendo. Esto supone decir que no hay diferencia entre elegir un abogado y defenderse a sí mismo en un juicio, entre elegir un libro y escribirlo, entre elegir un médico y curarse a sí mismo. Aunque la estupidez no tiene límites, esta supuesta equivalencia va demasiado lejos.

Creo que la crítica de Sartori (que es bastante más extensa, como puedes apreciar si lees el artículo) es bastante acertada. Quizá el problema está en algo mucho más básico, como definir cual es nuestro objetivo. Es decir, si queremos construír unas reglas de juego que nos permitan participación y responsabilidad social a costa de una pérdida de operatividad, o si queremos un sistema más operativo pero a costa de arriesgarnos a que dicha operatividad se pueda volver en nuestra contra.

De todas formas, aún a pesar de lo que pueda parecer, esta dicotomía tampoco es así exactamente. ¿No puede acaso un sistema asambleario volverse en contra de determinados colectivos o individuos? ¿No permiten acaso las reglas de juego de una democracia representativa un proceso de regeneración?

Hay también otro tipo de problemas asamblearios, ya sean online, con asambleas tradicionales o en una combinación de ambos, y es la cuestión que, precisamente, resuelve la representatividad. Es decir ¿quienes son los que tienen más tiempo para acudir a las asambleas? Pues evidentemente los que no tienen otras cosas que hacer. Cabe pues, preguntarse, si no es posible que un sistema asambleario introduzca un sesgo en el debate y votaciones de la asamblea, que no represente esa gente que no puede estar. Esto aleja un poco al sistema asambleario de la pretensión inclusiva que tiene.

En definitiva, estos son sólo algunos argumentos que hay en el debate entre democracia participativa y representativa. Puedes comentar el artículo y aportar algo al debate ;)